Yo no soy Valdiviano

Yo no soy Valdiviano............ Ni tampoco Sureño............... No me llueve en Verano......... Ni me creo Alemán............ Huaso Conchesumadre...

miércoles, mayo 03, 2006

La Vecina

A mi vecina la conocí en la casa del Larry. El Larry vivía en ese tiempo con el Shoper en la casa amarilla atrás de la casa bacana con luces, que se ve desde el camino de las micros. La casa estaba llena de gente. El Larry alojaba un mechón de acústica que parecía venir del norte y que era su conocido. También estaban los Lanas de Acústica, un grupo de estudiantes de Filosofía y alguno de Antropología de la Uach. El mechón tocaba una canción de Víctor Jara y el Nesi lo acompañaba con la flauta. Todos cantaban y había mucho humo en el ambiente. Yo había llegado ahí por invitación del Shoper. Dos semanas antes, el Shoper me había alojado casi una semana entera, además del hecho de que me agradaba su compañía. Era una de esas personas que no tienen problemas para ayudar. Por medio de él yo era amigo del Larry, pero eso se limitaba a los carretes, o al obvio nexo musical entre los acústicos. Ese día no tenía nada que hacer así que fui, pero al llegar me di cuenta que tampoco tenía nada que hacer ahí. Entré y me senté en el suelo detrás de la puerta. Enfrente estaba el único sillón de la casa, donde estaba sentada una estudiante de Filosofía, llamada Ninfa, que yo había visto pasar en el casino de la U. Uno de mis alumnos de Agronomía me la había señalado, acotando el hecho de que no llevaba sostén. Más allá en el sillón estaban otras gentes de la U, en cuanto que los Lanas estaban de pie junto a la chimenea. Todos tomaban vino tinto en varios tazones que recorrían el lugar. Sentado ahí observando se me acercó el Shoper con un vaso. Pasándomelo me dijo: “Que bueno que viniste!. Mañana sin falta te paso el Magma. Es que no lo he grabado todavía. Esa huevá que es buena!”. Cuando me prestaba a decidirme si me iba o no, me llegó un pito a las manos. Sentía las miradas en mi cabeza, como haciendo fuerza para que lo pasara luego, o esperando divinamente que no lo fumara. Le hice una seña a la persona que me extendía esa mano, haciéndole entender que pasaba mi turno. Me entretuve mirando quiénes o cómo fumaban. No es algo que considere entretenido, pero el ambiente no me ofrecía más. Luego nuevamente me extendieron la mano, esta vez con un vaso. Sobre una capa de feliz hermandad se encubría un sentimiento de aseguramiento que se veía discordante con la forma de expresarse de la mayoría. El apelativo ‘hermanito’ era más un modismo que una verdad. De alguna manera se entendía el asunto, y yo lo entendía pues era un extraño para la mayoría. Al fin, todos éramos estudiantes lejos de nuestros hogares. Una situación desastrosa, financieramente hablando. Me preguntaba cuánto les había costado comprar esa garrafa, o de qué calidad inimaginable era esa garrafa. Pasé nuevamente. Aunque en mi vida de estudiante me costó acostumbrarme a ese ‘aseguramiento’, estuve en situaciones en donde lo único que se podía hacer era eso. Era sólo que no me gustaba que lo llevaran al extremo. Permanecía yo como una planta de rincón, cuando se les acabó el copete. Extrañamente el Shoper aprovechó de decir que tenía prueba al día siguiente, insinuando un desalojo de la casa. Una de las niñas de Filosofía ofreció que camináramos a su casa mientras otra gente se ofreció para ir a comprar más copete. Yo no recordaba haberla visto nunca. Su cabeza llena de pelo impedía ver su cara, sólo su nariz se asomaba por debajo. Comencé a caminar con los demás conversando con nadie y abrazando mis bolsillos. Para mi sorpresa caminábamos hacia donde yo vivía. Rogaba porque no fuera muy lejos, y pensé “si es muy allá, yo me bajo en mi casa”. Mis pesadillas eran ciertas. Al frío se le añadía ahora que pasábamos por mi cabaña. Empecé a caminar más lento como quedándome atrás, cuando vi al grupo entrar en la casa blanca en el terreno junto al mío. El terreno donde yo vivía estaba junto al camino principal, justo en el paradero llamado ‘Cabañas Delfín’. El terreno era rectangular y tenía otra salida hacia la calle posterior. Había una casa grande y dos cabañas pareadas, todo de color naranjo. Yo había tomado una de las cabañas, la que miraba hacia el paradero, pues una pareja tenía la otra de mejor posición y mayor privacidad. Mi cabaña era pequeña, un ambiente y el baño. El único ambiente estaba dividido inteligentemente por una cortina que colgaba de un mueble-repisa que servía para colocar las plantas que había ahí. Pese al reducido espacio, la cabaña tenía una cama de dos plazas y un mueble para la ropa sin cajones que constituían el improvisado dormitorio. El ‘living’ lo constituía el mueble de las plantas y una cama que a su vez eran dos, una debajo de otra. Lo que más habían eran frazadas, que puse todas en la cama grande pues el frío fue una de las cosas a las que nunca me acostumbré. Y tenía una cocina realmente cómoda, al igual que la mesa pequeña junto a la ventana. Me gustaba mucho esa cabaña, demasiado quizá. Odié pasarme a la otra cabaña luego, pero la privacidad es una de las cosas que no se cambian. Y decidí no entrar a mi cabaña. El hecho de estar en un carrete al lado de mi casa me parecía demasiado cómodo, justo para mí. No perdía nada, pues si me aburría me volvería a mi cabaña sin ningún problema. Entré tras los demás y recibí una sorpresa al hacerlo, pues la casa blanca tenía el techo a 5 centímetros de mi cabeza, y ciertamente no soy una persona “alta”. Todos amontonados en una cabaña tan pequeña como la mía con una cocina en un rincón y dos cortinas que señalaban las entradas a las dos piezas de dudosa comodidad. La gente se sentaba, excepto la gente que nunca paró de cantar y de tocar. Yo permanecía de pie junto a una de las cortinas-puerta cuando una voz extremadamente gentil se dirigió hacia mi: “vecino, siéntese en el velador no más, si aquí las cosas están para eso”. Inmediatamente la voz extendió su mano en donde llevaba el velador. “Aquí, aquí siéntese”. Aún extrañado, atiné a expresarme como pude: “¿tú eres la que vive aquí?”. “Si, po’h vecino, aquí vivo yo, la casa es chica, pero tengo refrigerador!”. Miré por primera vez su cara y me encontré con la sonrisa más grande que había visto en mucho tiempo, pero así como grande era su sonrisa, así de chicos estaban sus ojos. Sus dos manos sostenían un tazón lleno de vino y luego de dirigirme la palabra, casi instantáneamente se puso a cantar con los demás. Me quedé pensando mucho rato, con la música de fondo y el humo como único horizonte. No sé cuanto tiempo habrá pasado, cuando quise ir al baño. Una puerta con pestillo exterior de madera me dio la bienvenida. Cerré la puerta asegurándola con un pestillo de metal, y me encontré ante otras dos sorpresas. La primera me vino directamente a la nariz. Un intenso y profundo olor a utensilios femeninos como si fuera una repisa de supermercado, llena de desodorantes, toallitas de diferentes tipos, champúes, perfumes, detergentes, jabones y demases en color rosado, con rositas y cosas pequeñas características de una mujer-niña. Y la segunda impresión fue el espacio. Una caseta de 1.5 x 2 metros con una taza y un lavatorio con espejo, más todo lo otro. Pero, ¿y dónde estaría la ducha?. Me parecía imposible tanta limpieza sin una ducha. Pensé que yo nunca viviría en un lugar donde no existiera tal necesidad básica (durante mi estadía en Niebla aprendí a aceptar esas falencias y a la gente que no las necesitaba para existir). Salí del baño como escapando ante tanta sorpresa y tan extraña forma de vida, por lo menos tan diferente a la mía. Esta vez permanecí junto a la puerta del baño, pues habían ocupado mi lugar, además de haber quitado las luces. La única iluminación en el lugar eran esas luciérnagas que se queman en la punta de los cigarrillos y la luz del poste entre mi casa y aquella casa, luz que entraba por la ventana. No sé lo que fue lo que me hizo saber que la otra mina, a la que llamaban Ninfa y que se había pasado toda la noche cantando de una forma extrañamente concentrada, vivía con mi vecina. Por un momento sus senos me llamaron la atención, no precisamente por una sexualidad inherente a ella ya que yo no la sentía, sino que más por curiosidad por la forma en que se traslucían bajo la delgada polera que llevaba puesta. Fruncía el ceño cuando mi vecina se acercó hacia mi y dijo: “Vecino, usted se llama Lontano, ¿no es cierto?”. Asentí encogiéndome de hombros y reclinando mi cuello. “Yo soy amiga de la Paola”, me dijo esperando respuesta. “¿Quién?”, pregunté. “La Paola, que también estudia Filosofía”. Buscando en los cajones que tengo en mi mente no logré encontrar nada, así que le dije: “No sé quién es”. “La Paola, la que te fue a ver el año pasado cuando vivías en la Punta Piojo, en la Playa Chica”. Inmediatamente recordé esa pesadilla de una noche de Primavera, cuando el Shoper había llegado, donde yo vivía con el Viña y el Irisarri, acompañado de una mina que dos años antes me había declarado su amor en el casino de la U. Paola se me declaró contándome que estaba enamorada de mí desde que ella había entrado a la U (eso era dos años antes), y me había seguido e investigado mi vida. Dónde iba y con quién estaba. No era algo tan insistente; yo había podido lidiar con ella sin tratarla mal, pero teniendo cuidado de no embalarla más. Luego de dos años, ya se estaba convirtiendo en un asunto cansador para mi. Esta vez, luego de llegar con el Shoper, quiso hablar conmigo en privado. Eran más de las once de la noche y el Shoper decidió irse. Paola estaba borracha en coñac. Para los que lo conocen el coñac, saben también que es uno de los peores alientos. Horas y horas de discusión, te quiero, yo no, déjame ser tu amiga, no puedo, dame un beso, no puedo, acostémonos juntos, no quiero, hazme el amor, no puedo. La noche terminó con ella marchándose abruptamente y yo preocupado por lo que le pudiera pasar. Al final era una niña inocente que se enamoró de la persona equivocada. “Ah, esa Paola”, respondí. “Sí, la Paola estuvo muy cagada por usted vecino. Lo adora”. “¿Y dónde esta que no la he visto?”. “Tuvo problemas... Lo que pasa es que la Paolita tiene problemas económicos. Ella viene de una familia super humilde de Nacimiento”. “Que pena”, le respondí. “Yo a usted siempre lo había visto, no ve que la Paola siempre nos decía: ¡Allá va, ahí viene!. Pucha, la Paolita. Pero yo nunca lo podía conocer a usted. Por fin lo conozco”. “Ahora hasta somos vecinos”, respondí tontamente. “Oiga vecino!, yo sé que la cabaña donde vive usted no tiene “refri” así que si necesita guardar algo, carne, lo que sea, lo deja aquí en el mío y cuando lo necesite lo viene a buscar. Acá yo dejo la puerta cerrada, pero la ventana esta siempre abierta, así que usted entra y saca lo que quiere”. “Gracias, muchas gracias. Y tú ¿no tienes ducha?”. “No, lo que pasa es que la señora me la arrienda super barata. La Ninfa se esta quedando conmigo unos días, pero yo estoy sola y cuando necesito ducha le pido a mis niños, el Nesi, el Wana y el David”. “Bueno, si necesitas ducha, yo estoy al lado. Anda cuando quieras. Estamos al lado, anda y después nos tomamos un café”, le respondí. “O tomamos mate, vecino, ¿le gusta el mate?”. “Si, por supuesto, me encanta”. “En eso quedamos. Parece que nos vamos a llevar super bien con el vecino. Si necesita algo, venga no más”. “Y tú ya sabes, la ducha está al lado”. Aquella conversación subió mis ánimos. Pensé en alguna vez pedirle el refrigerador. A ella se le podía tener confianza, más no a sus amigos, ni por un momento. Mientras conversábamos alguna gente entraba y salí de las piezas. En un momento mi vecina fue a ver lo que pasaba y no volvió. La gente aún cantaba y me puse a mirar por la ventana que esta en la cocina hacia la calle tan serenamente vacía. De repente la ventana se abrió. El borde inferior me acariciaba la entrepierna. Sin pensarlo dos veces pasé por la ventana hacia afuera. Empecé a caminar viendo las estrellas, hasta que estuve cegado por el frío. A lo lejos los cantos habían desaparecido. Me dirigí hacia mi cabaña. Entré, y encendí la luz. Todo se veía tan vacío y sin el significado que tendría meses después. Camine en círculos y volví a salir en dirección a la casa blanca. Nuevamente se escuchaban los cantos, y esta vez entré por la ventana, tal como había salido. Entré y me coloqué en la misma posición que tenía cuando antes de salir. Nadie pareció notar mi ausencia. Y luego de percatarme de eso, salí nuevamente, esta vez para no volver. Sólo me despertaría temprano a la mañana siguiente, con alguien golpeándome insistentemente la puerta. Lástima que no sería mi vecina.

Crónica de una Muerte Anunciada

Relato cronológico y realista para diario fascista

Acabamos de comprar un pisco sour y vamos hacia el cine. Hay un sol brillante y yo con la mano en el bolsillo. Bueno, en Valdivia es común tener frío, me digo. Nadie sabrá lo que llevo.
Nos acercamos al cine y veo a uno de mis alumnos. ¿Qué voy a hacer?. Estoy seguro que cuando me salude, se me cae la botella. Bien!, no me vio. Y este Viña que se demora en comprar las entradas. La niña de la taquilla esta pegada mirándome y no creo que sea porque me parezco a John Lennon. Hasta acá no más llegamos!. Me van a revisar y vamos a tener que ir a tomar el pisco a otro lado. ¡Que mala pata!.
No, acá vamos subiendo las escaleras y seguimos de largo al baño. Bien, no nos cacharon. Ahora estoy relajado mientras el Viña abre la botella. Tomo un poco y lo noto suave. Esta cosa no me va a hacer nada. La cerramos y entramos al cine. Esta más oscuro que nunca. Una niña me alumbra el suelo y un asiento. "¡Gracias!", le digo para que no me cache.
Me siento y no sé donde esta el Viña. Hay alguien a mi lado y no sé si es él. Hago un comentario de la música y me contesta. Es él. "Abre la botella!", le digo, ", nadie nos va a cachar acá". Se urge por la mina de la linterna. Será. Me pego en la película. Esperen!. Este Morrison se lo toma todo. Hay flashes y la cámara se mueve ene. Veo harta gente en pelota. Super heavy el concierto. Y esa mina exquisita. Quiero tomar ese whisky!. Bueno, pisco sour aunque sea. Ya poh Viña! Atina!. Le digo que nos cambiemos de asiento. No quiere. Imbécil!. Este Jim Morrison ya tiene barba y esta cantando "Touch me". Viña, vamos a tomarnos esta cosa al baño. Vamos. Por fin atinó este loco. Total, pienso, ya vi el final de la película. Estoy de nuevo en el baño y el Viña tomando. "Budín de Chocolate" es el nuevo grupo de Rock Tropical de Valdivia(?!). Siento el pisco como jugo, o más bien limonada, pero siento la cabeza abombada y me río por cualquier cosa. Dejo mi recuerdo y me arreglo el pelo. A mi no me cacha nadie. No sé como bajé las escaleras. Abro la puerta, veo la tumba de Morrison y en la oscuridad la mina me alumbra el suelo para que no me caiga. "¡Gracias!", le digo para que no me cache.
Me siento donde mismo y no veo al Viña otra vez. Bueno, antes que piense otra vez ya prendieron las luces. "Hey!," le digo, "sentémonos más adelante". "Ya!", me dice y bajamos. Siento que todos me miran. ¿Me parezco tanto a John Lennon?. ¿O es que estoy tan mareado que casi me caigo en la escalera y choco con los asientos?. Debe ser lo primero. Nos sentamos y quiero un cigarro. El Viña le pide fuego a un tipo que esta en la primera fila. Estoy muerto de la risa. Ahora van a dar "Imagine" y el Viña me dice que al final lo matan. Ja! Ya me sé el final. Y yo con la boca más caliente. ¿Qué?. El Viña esta sacando cuentas. ¿Qué?. Quiere ir a comprar otro. Un momento!. Tengo que pensarlo. La plata y mi cabeza. Ya Viña, pero te apuras. Ya apagaron las luces y aparecen unas minas ricas en la pantalla. Veo de todo. Hey!. Parece que la boca no es lo único que tengo caliente. Ya, ya empezó. ¿Y el Viña?. Harto que se demora. Aparecen las letras. ¿Qué?. El Viña ya llegó. ¡Saca la botella y a tomar!. Le pide fósforos al tipo de nuevo y se me ocurre invitarlo a tomar. Los dos bajamos y escucho que dice que no. ¿Qué veo?. El Viña sentado al lado. Choco con mil sillas antes de poder sentarme con ellos. Y este asiento que se balancea. ¡Casi me caigo!. Aparecen los Beatles por fin y yo tomando como enajenado. Pero no es John Lennon, es el Flaco. Y el Viña que habla. Estoy que me voy al baño de nuevo. Como puedo subo las escaleras y en la inmensidad de las murallas rayadas, me pierdo. Lejos escucho a los Beatles. Apúrate!. No tengo que perderme la película. Vuelvo a entrar al cine y la niña me alumbra el piso para que no me caiga. Me enderezo lo más que puedo y le digo "¡Gracias!", para que no me cache.
Bajo a sentarme. El Viña me dice que no me perdí nada. Me fumo un cigarro y se me va a la cabeza. Sigo tomando. Me duele el estómago, algo me cayó mal. Y veo a John Lennon con la Yoko. Es el Bufo con la Sole, dice el Viña. Y este compadre que está con el Viña se llama Jorge. ¿Milico?. ¿Qué?. Me pasan una bala. ¿Qué se supone que tengo que hacer con ella?. Le digo que me la regale. Me dice que es la única que tiene. Ah! Milico'e ...!. Haz lo que quieras con la bala!. Igual parecía supositorio. Y el pisco que se acaba. No!. Lo agarré, pero ya se acabó. No sé qué es lo que pasa, pero Lennon le da comida a un hippie. Me da pena (?). Ahora me acuerdo. Quiero ir al baño y le digo al Viña. Me dice que no puedo perderme al periodista. ¿Qué onda?. Veo mil periodistas entrevistando a Lennon. ¿De qué estas hablando, Viña?. Quiero ir al baño. Vamos Viña, ¿de qué periodista me hablas?. Con tanto que hablas ya me parece más importante lo que dices que leer las letras. ¿Se mueven?. Definitivamente se mueven las letras, o mis lentes. Debe ser que la película esta muy vieja. ¿Ahora qué?. "Ahora sí", me dices, ahora viene el periodista. ¿Cómo que todavía no?. ¿Te equivocaste?. Viña, estas tan borracho que se me da que el periodista sale en "The Doors". Y yo ya me hago!. Ahora si me dice el Viña. No. Otra vez se equivocó este Viña. Estoy que te creo, loco. Acá va de nuevo. "Ahora sí", me dice. Bueno, será. Espera!, Lennon esta discutiendo con un periodista. Las mató. No esta ni ahí con los Beatles. ¿Qué onda?. Las mató todo lo que pasó. Ya Viña, vamos al baño. Abro los ojos y ya estamos en el baño. Vuelvo a orinar, pero lo mareado no me lo quita nadie. No puedo más, tengo que vomitar algo de saliva. Trato y trato y no puedo. Ahí va su resto. No puedo más, pero ya me siento OK. ¿Y el Viña?. Ese ruido que escuchaba no eran máquinas. Era el Viña vomitando. "¿Cómo estás?", le pregunto. Parece que bien, volvamos. Entro al cine y la mina de la luz me alumbra el piso para que no me caiga. Vuelvo a enderezarme y le digo "¡Gracias!", para que no me cache. Me acabo de tropezar en la escalera. Definitivamente me cachó que estoy curado, ¿o no?.
Me siento y el Viña no está conmigo. ¿Dónde se quedó éste ahora?. Ya llegará. Igual esta buena la película. Llega el Viña y se pone a conversar con las minas que están a mi lado. ¿Qué tanto hablan, digo yo?. Se me acaba un cigarro que no sé de adonde ha salido. Se lo paso a una mina y no lo quiere. Imbécil!. Agradece el gesto, por lo menos!. Y el Viña me dice que se va. Hey!. No, va al baño. Espérame allá, le digo. Igual ya salió el Sean Ono, así que debe quedar poco. El Viña ya se fue al baño y me siento solo frente a esta imagen gigante de John Lennon. No, no nos parecemos, le digo a la pantalla, y me contesta que lo acaban de matar. Estoy yo y miles de fanáticos llorando. Jorge me dice, "¿Era tan famoso como para que la gente llorara su muerte?". No sé si es su voz o es una parte de la película (por lo cursi). ¿Qué hago yo acá?. Sin haberlo visto antes. Soy un tonto, me digo. ¿Y el Viña?. Ojalá me espere en el baño. Ya termina la película y siento escalofríos (y eso que estoy con abrigo negro largo). Ya prenden las luces y yo corro hacia afuera para que la niña de la luz no me reconozca.
Subo la escalera y voy con 5 o 6 tipos más. ¿Qué hago si no está el Viña?. ¿Se habrá ido a la casa?. ¿Qué es eso que está junto al water?. Increíble, es el Viña arrodillado!. Y hay ene gente. ¿Qué hago?. Lo despierto. ¡Vamos Viña!. Yo te llevo a la casa. No te me mueras aquí. ¡Cómo que no!. Hay ene gente mirando. ¿Y qué?. Acaso los imbéciles nunca habrán estado como el Viña (bueno yo, al menos, no). Viña!. Cómo nos trata la vida!. Ya vamos. Por fin te levanto. Permiso!. Llevo un enfermo. Ya Viña, afírmate de la pared. No, no, noooo, no te me caigas. Ya se me cayó mi amigo. Ya, vamos Viña. Por favor atina, compadre!. Ahora te vas a quedar acostado en la puerta del baño. Hey compadre!. Cuidado con pisar a mi amigo. Si, es que tomó mucho. Pero cuidado con pisarlo. Ya Viña, deja de vomitar y vámonos. Ojalá estuviera el Flaco acá. Entre los dos, demás nos llevamos al Viña. Viña, atina!. Ahí abriste los ojos. OK, vamos bien. Párate. OK. Con todas mis fuerzas te levanto. OK, ahora si nos vamos. Cuidado con la escalera. ¿Puedes bajar solo?. Parece que si, porque ya vas 5 escalones más abajo que yo. No importa. Corro y te gano. Llego abajo primero y todos nos están mirando. Es sugestión, me digo, pero igual me apuro y salgo de esta porquería de cine. Pero Viña, por favor no te caigas o va a quedar la embarrá. Ya saliste del cine. Tienes una cara pésima. No importa, es Viernes en la noche. No creo que seamos los únicos. Bueno, ¿en qué nos vamos?. ¿A pie o en colectivo?. "En colectivo", me gruñes. Abrázate de mi y vamos a tomarlo. A ver si me acuerdo por donde es más corto. No Viña, por la plaza no. Hey, imbécil, no nos eches el auto encima. Cuánta gente a las 11 de la noche. Hola, hola, este es mi amigo el Viña. Por fin el paradero. Ahí viene uno. Hey compadre, pare!.
Te logro subir, Viña, pero por favor no vomites. Me pasas luca y le digo al chofer "en Perú, por favor". "¿Dónde?", me dice. "En Picarte con Perú", le repito 3 veces. O este imbécil es sordo o yo hablo mal. Debe ser lo primero. Y el Viña que me pide el vuelto. Parece que este hueón es judío. Ni curado se le quita. Ya llegamos. Por favor, Viña despierta. OK, no te me caigas al bajar. Apenas alcanzo a cerrar la puerta. Buenas noches señora. Es mi amigo que esta enfermo. Ejem!. Hola viejo. Suéltate uno. Ya Viña, por fin estamos en tu calle. Ya quedan 2 cuadras no más. OK, hay una mina más allá, por favor ponte piola Viña. OK?. No le veo bien la cara a la mina. ¿Qué tal será? Viña!, Viña!. No te me caigas encima de la mina. Disculpa!, le digo. Ahora le veo rebién la cara. Ya Viña, levántate. Ya casi llegamos. Y estos niñitos jugando a la pelota. Ya Viña, ya llegamos. Estamos acá en la casa. Ya, yo te dejo aquí afuera y voy a buscar al Pingüino. Siéntate ahí en el pasto. Total, esta todo oscuro.
Ahora me peino. En el vidrio me veo. Me veo más o menos no más. Ya, listo, trago saliva y toco la ventana. Ahí viene la mamá del pingüino. Buenas noches, disculpe la hora. ¿Está el Claudio?. ¿Arriba?. Ah! Se esta bañando. No, esta en el baño. Ya subo. Estoy en la pieza del Viña. Ya Pingüino, ven luego!. ¿Se verá el Viña desde aquí?. Desde acá se ven las patas no más. Al menos no se ha movido. ¿Qué?, la mamá del Pingüino me dice que me siente no mas y que escuche música. Ya po'h Pingüino. Ahí viene. Hey mira al Viña que esta muerto allá abajo. ¿No me crees?. Mira por la ventana!. Ja!, la cara que puso este compadre!. Bajamos y ahí esta el Viña botado. Amigo!, cómo nos trata la vida. Ya, abre la puerta. Ya Viña, sube. ¿Anda tu mamá por ahí, Pingüino?. ¿No?. Que buena suerte. Ya Viña, tírate en la cama. ¿Lo desvestimos?. No, así no más. Además este Viña no quiere. Ya se acostó este loco. Y ahora, ¿qué hago?.
Que baje me dice el Pingüino. Allá voy. Con un tufo enorme y la mamá del Pingüino que me habla y me habla. Mañana, ¿qué hacemos?, ¿qué?, que vamos al supermercado, me dice el pingüino. ¿Estás loco?. Ya deben ser más de la 12 de la noche. De ahí que haya algo abierto aquí en Valdivia (pueblo muerto como no hay otro), y el Mocambo es muy caro. ¿Qué?,
¿¿QUÉ??. QUE SON LAS 7 Y MEDIA!!!!. MIER...!!!!.
Si!. Salgamos.
El Viña ya murió y la noche es joven.
Pero Viña, por favor, NO TE MUERAS!!!!.

Primer Tema: Una Hora y Media

Llegué demasiado tarde al recital. Aunque empezaba a las ocho y media, a ésa hora (las siete y media), había una fila que daba vueltas por el patio del Centro de Extensión de la Cato. Nunca pensé que tanta gente iría a ver a Fred Frith. Creí que iba a ser un recital serio, todos sentados en sus respectivos asientos y todo eso, pero por el contrario me encontré una vez más con esa gente que al oír el abrir de las puertas, empujan hacia adelante y al mismo tiempo emiten esos típicos sonidos primitivos; o sea les sale una sola vocal. Pero no quería hacerme mala sangre. El asunto era oír tocar a Frith, y en una hora más, lo haría. Habían pasado 7 años desde la primera vez que el Bufo había llegado a mi pieza de la pensión en Valdivia con una cinta que había grabado del “Interfase”. Fred Frith había sido el inicio de una nueva música que hasta el momento no tenía idea que existía. Gracias a esa música mi mente y oídos habían expandido irremediablemente su rango de entrada de información.



En la entrada me encontré con varios amigos de Valdivia (en realidad casi todos mis compañeros de carrera), y ellos estaban tan ansiosos como yo. Fred Frith en Chile era casi un sueño desde hacía tiempo. Aún más extraño era el hecho de que visitara Osorno. Pero yo estaba más intrigado por la cantidad de gente, casi mil personas. Decididamente la popularidad de Frith no iba tan en aumento. No porque no lo mereciera, sino porque estoy seguro que él no lo quería así. El tipo es un genio, no hace falta entrar en detalles. Pero es un vanguardista, y eso lo excluye automáticamente de las masas. Y no es algo negativo, al contrario. Es conocido el fenómeno que se produce al hacerse conocido un artista: se comercializa o, mejor dicho, se “popea” (se "putea" como diría un amigo). Y yo no quería que él hiciera eso.

Al entrar al teatro, ya estaba todo lleno. Caminé por uno de los pasillos laterales y logré ubicarme en una buena posición, de pie. En los minutos previos comprendí que mucha gente que ahí se encontraba, no sabía lo que iba a ver. Eso me alegró, y me preparé para escuchar la mejor música en vivo desde Pierre Boulez tocando a Ligeti en el Municipal. Frith en el escenario con su guitarra y Chris Cutler con su batería. Excelente.

Primer tema: una hora y media.

Increíble. Durante los años pasados, yo había escuchado sus discos una y otra vez, había visto un film documental y esto era demasiado para mí. En cierto momento, él y su guitarra acústica concentraron la atención de todas las personas que se encontraban en el lugar, y fuera de eso nada, nada más se oía. Y nada más debía oírse en horas. Como no lavarse las manos luego de estrechar una mano deseada.

Yo y mis amigos salimos en silencio, extenuados por tantos variaciones de presión sonora. Sólo debíamos hacer el ritual de los amigos que no se ven desde hace un tiempo: buscar un lugar donde tomar una cerveza. Caminamos hacia Bellavista en busca de algo abierto. De repente, una esquina, y dentro, una cara conocida. Era Carlos Cabezas. A la segunda mirada lo imposible se volvió realidad. Era Carlos Cabezas con Fred Frith y Chris Cutler comiendo en ese local. El atrevimiento era cosa segura. Entramos y tomamos la mesa a su lado. La cerveza era poca cosa para tal situación y lo elegido fue un buen vino tinto en botella. Luego varios “salud” a Fred Frith y de ahí a una conversación era cosa segura. Terminamos la noche una hora más tarde, con el sólo recuerdo del Bufo abrazando y despidiéndose de Fred Frith con lágrimas en los ojos.

Color 6

Si, tú fuiste. Sé que aún te importo algo y que te encantaría que siguiera siendo como era. Pero no puedo. Cambié, ¿no lo entiendes?. ¿Necesito vestirme de negro y ponerme un aro para que te des cuenta?. Sabemos que no. Tú fuiste la primera persona que lo supo. Pero no quisiste aceptarlo. Y ahora me das vuelta la espalda porque ya no me quieres. Yo aún te quiero, tal vez aún te amo. Pero ya no seguiré más tras de ti. Nuestros caminos se separaron hace mucho. Quedan los recuerdos de esas noches en que eras todo lo que yo veía. Te amé, ¿no lo entiendes?. Aunque nunca te lo dije. Pero sabes que algún día nos encontraremos. Ya no lloro más por ti, porque yo tampoco te acepto como eres. TÚ NO HAS CAMBIADO!

Color 5

Aprieta el botón y aparecerá lo que deseas. Lo hago y el rojo cambió de color. Me pasé de la botánica a los deportes. El rojo cambió a rojo. Esperé y esperé, y el reflejo me vino desde mi luna. Estoy aquí y ahora. Ella ya no aparece en mis sueños. Y ya no sueño. Cansado me dijeron era la excusa. Pero el negro no cambió de color, tampoco a rojo. La luna no apareció ni el tren tampoco. Corrí y corrí. Transpiré y transpiré. Y el olvido casi se transforma en recuerdo. ¿Era lo que andaba buscando?. La chispa apareció del calor. Estoy bien y no la amo ya. El pelo me dijeron, ¿o los ojos?. Ya no lo recuerdo. Volví y las lágrimas del reencuentro no existieron. Hasta llegué a cantar antes de explotar, ¡estaba ROJO!

Color 4

Corriendo llego más lento, más lento, más lento, más lento. Y entonces tu dolor me come desde adentro, desde adentro. No lo sabías. O sea, te explico, yo soy yo. No me muevo sin que me hagan llorar. Quiero un abrazo de una mano roja. Quiero un color que no me haga doler el estómago. Negro. Negro lo uso afuera porque es como me siento por dentro. Un color que no se me olvide. Los que corrieron ya llegaron. Y les dolió menos que a mí. Sus ojos me atacan y corroen mis ojos verdes de tanto madurar. Si esto fuera para lo que vivo, vivo para lo que yo no haría. Quiero un abrazo que me haga sentir imbécil. Cosas de adentro, de adentro. Como un yoghurt de menta bañado en queso rallado. Él la cantó recién y yo lloré. Ella lo recitó recién y yo me reí. El se cayó y yo seguí. El no miró y yo no miré. El lloró y ella esperó. Yo lloré y las luces se apagaron, se apagaron, y yo no estaba ahí. ¡Iba CORRIENDO!.

Color 3

Me gustó. Y hasta me cegó. Incluso el pavimento no parecía tan duro y frío como la música. Era azul, tanto como mis zapatos. A veces suele suceder. ¿Sonreí?. No. Esa era la única señal de vida que tenía. La bañé. Es lo suficiente. Le quité. Estoy MUERTO. El balancearse ya no era lo suficiente. Hasta los perros chocaron en mi cabeza. La ilusión de morir ya no bastó. Tuve que arrancar. Me siguieron, pero no me alcanzaron. Me devolví. Ya no estaba. Me gustó. Y hasta me cegó. Incluso la música ya no parecía tan dura y fría como el pavimento. Lloré. No. Lloré. Y el vaso bajó y bajó hasta que el blanco de sus ojos se perdió. Ella ya no estaba. Era yo en su lugar. ¡Que locura!. Es una estupidez. No necesito de su compañía. Ya no le sonrío. Mi cara ya no es tan elástica. “Tengo frío”, me dije. Había sido ya suficiente. ¿Sería la única solución?. Yo al menos estoy MUERTO.

Color 2

Más que nada fue ayer. Ayer cuando volvías con más de un punto. No parece clase. ¿Y si es lo que no parece?. Estar en vitrina no es tu color. ¿Escuchaste o no lo que te regalé?. La luna es lo que más me importa. Es tu mejor anhelo. No es la solución esto, ni yo. Yo casi te ahorqué. Y yo tengo la culpa otra vez. Es mucho para mí. Yo no soporto ya lo que antes. Mis zapatos se siguen enchuecando mientras mi pelo cambia de color. Y ella otra vez. Pero no es ya la misma cordura. Es la locura occidentalmente sin vergüenza. Anda por las cabezas y por tu culo. Estoy hambriento sin tener que ver a mis adentros. Estoy sano me dijeron. Estás loca me dijeron. ¡Estupidez! me dijiste. Yo no creo lo que ellos ni lo que tú. Es mi ser lo que ya perdí. Quiero ser lo que ayer. Ayer fui todo menos antes de ayer. Estoy sin entender colmos y andares. No es lo que estoy diciendo. Es lo que estoy VOMITANDO!.

Color 1


Y sin embargo el resultado corrompió las verdes arenas de tus ojos. Tu sonreíste mientras me abrochaba la camisa. Las matemáticas son una mierda, me dije. ¿Por qué trabajar de madrugada si la piel llora de día?. No creí que una cerveza sería el comienzo del camino amarillo. Ella rió. Tú me besaste y bailamos. Ahora me arrodillo. Es mi turno. ¡CUÉLGAME!. La apatía del seguir viviendo me atraganta. ¿Con razón? Noche tras noche vuelvo vacío. Creíste que no lo sabría. Pero el amor, dicen, es más fuerte que el olvido. ¿Terminaste?. Quiero limpiarme e irme. Ya no basta el contar hasta diez para ver la luna más llena. Ella está ahí siempre. Ella es mi sol, pero amo la noche. No hay razón para escapar me dijeron. ¡Hey amigo!, ten calma. Todo va a pasar, duérmete y mañana no recordarás nada. Ella terminó y yo cambié de canal. ¡DESPERTE SUDADO!.

Univer City [4]

El primer año que estuve aquí fue bastante fácil porque yo venía de otra U. O sea, yo era un “Convalidado”. En el segundo, me puse las pilas, y para juntar plata hice unas ayudantías que agarré por suerte (también me sirvió para conocer “bien” a mis alumnas). En el tercero, hice la confirmación en la carrera. O se sale uno ahora, o apechuga hasta el final. Eso es lo que los estudiantes llamamos “La Crisis del Tercer Año”. Y ahora estoy en el cuarto. El peor de todos. Y la razón se llama “atraso”.



¿Quién de nosotros, estudiantes normales, no se ha echado un ramo alguna vez?. No voy a escarbar en los motivos de ese lamentable suceso que los padres a veces no conocen (profesores, falta de estudio, etc.), sino que me referiré a sus consecuencias. El lamentable “atraso”.

Ahora resulta que no estoy ni en cuarto ni en tercero, estoy completamente perdido en la malla de la carrera. Estoy en cuarto año, pero académicamente estoy en tercero. Quiero tomar varios ramos de carrera y no puedo porque me eché un desagradable “pre-requisito”. Odio esos ramos. Típico que más encima los hacen una vez al año. Y ni hablar de adelantar ramos, eso es un pecado. Mi Director de Escuela me mira como si no me escuchara. “Es el reglamento”, me dice. Y yo pienso: “el reglamento para que alguien se lleve la plata que voy a pagar de más”.

Y eso es la parte buena. Hoy fui a inscribir ramos para el segundo semestre y adivinen lo que pasó. Lo peor. Tengo “tope de horario”. Mi cabeza hierve pensando en el trámite que tendré que hacer. Primero conversar con mi director de escuela para que me deje tomar el ramo conflictivo, luego ir a conversar con los profesores (por que siempre ese ramo conflictivo tiene asistencia obligatoria), y de ahí a inscribirme ya cuando todos mis compañeros ya estén en clases. Y la cosa se pone más negra.

Resulta que el Miércoles tengo clases toda el día, con un único descanso de 4 a 6. Y más encima en la mañana tengo todas las clases en el Miraflores, pero a las 10 tengo en el Conservatorio. Este sí que es un castigo divino. El poco tiempo entre clase y clase supuestamente es para despejarse, pero para mí será para correr, ya que no hay micros entre esos dos lugares. ¡Y eso si no llueve!, que significaría llegar tarde a las clases y un resfrío seguro. Saca chaqueta mojada, pone chaqueta mojada. En mi casa ni se imaginan por lo que tengo que pasar, y después el infaltable tío te dice: ¡Tanto que te falta!.

Afortunadamente este año me tocó un pedazo de cielo. El Viernes luego de toda la mañana con el Santa en Laboratorio de Física III, no tengo más clases. Y si hay sol, el Botánico me espera con sus verdes brazos abiertos. Y ya en Septiembre empiezan a vender Cola de Mono en el CTL. Inclusive se puede divisar en el horizonte del fin de semana, la Playa Grande de Niebla. La vida del estudiante es dura y miserable, sobre todo en Valdivia. Pero estamos obligados a revertir esa situación.

Univer City [1]

Me bajo del bus en el terminal de Valdivia una mañana de Marzo del '90. Me quedo mirando el río un momento pensando qué es lo que hago en este lugar. He viajado toda la noche, como premonición de lo que tendré que hacer los próximos 5 años. De repente una voz aparece. Es la Claudia. La conocí en la parada que hizo el bus en Talca. Ella va en tercero de Construcción y me da las primeras indicaciones. La Isla Teja está acá, el Campus Miraflores allá. Voy con un dato de pensión, y ella me indica la micro que tengo que tomar. Es la número 3. Micros de un sólo número. Creo que no me perderé.



Llego a la esperada pensión, pero en vez de eso me encuentro con una casa cuyas pequeñas piezas están separadas por unos paneles de terciado. Tengo un compañero de pieza que estudia Naval. Me dice que mi carrera antes estaba en la Teja, pero ahora está en el Miraflores. Menos verde y menos minas, me dice. Está equivocado, todavía estamos en la Teja. Para subirme el ánimo, camino hacia el centro con la intención de ver la vida de la ciudad. Camino y camino. No veo mucha gente, pero el paisaje es genial. El río y todo eso, pero de vida, nada. Otra vez más pienso que no estaba tan mal en la otra U. Al menos en la Santa María estaba cerca de la casa. Aquí estoy a 1000 kilómetros de mi casa. Es decir, estoy solo.

Primer día de clases. Mi segundo "primer día" de clases. Todos mis compañeros son 3 años menores que yo. Decido en un segundo sacar la carrera lo más pronto posible. Hablo con la profesora para convalidar ramos. Un solo y largo trámite, pero ya soy un “Convalidado”. Me convalidaron casi todos los ramos, pero este primer semestre no puedo adelantar nada. Así que tengo sólo 3 ramos. Introducción, Lectura Musical, y Musisonología, que es como una apreciación musical. Tengo clases sólo 3 días en la semana, así que supongo que estaré algo relajado.

Voy a clases y aún no conozco a mis compañeros, hasta que llega el día del “mechoneo”. Estoy decidido a faltar ese día. Aunque en la otra U no tuve mechoneo, mi idea es no tener ninguno. Pero me equivoco y falto un día antes. Estamos todos en el Conservatorio cuando el profesor sale y hace pasar a los de segundo. No alcanzo a salir corriendo. El líder de los de segundo nos da la bienvenida y nos tranquiliza indicando que los Acústicos no cortan el pelo. Nos tiñen un mechón de pelo, pero viene lo peor. ¡Sáquense un zapato y la ropa!, dice alguien. ¡Y pónganse estas bolsas de basura como pañal!. Al menos aquí nadie me conoce, pienso. Luego de llevarnos en esa facha hasta la plaza para pedir luca cada uno, nos llevan a la Isla Teja donde nos devolverán la ropa. Llegamos muertos de frío y hay más sorpresas.

Una competencia entre cada dos mechones de quién toma vino "al secante". Llega mi turno y el de un mechón que se ve casi de la edad de mi hermano chico. Yo gano, pero me doy cuenta que no es sólo un mal vino como yo pensaba, sino que es vino con grapa. Es el llamado “Chupicidio” de los Acústicos. Con el transcurrir de los minutos, nos vamos haciendo todos amigos, conversando lo que nos une a todos: el gusto por la música. Escucho que algunos pelean por la cantidad de cintas que tienen, mientras otros se debaten entre cuán malo es Roxette. Yo por mi parte, me he hecho amigo de los otros dos “Convalidados”, uno de la USACH y el otro de la Chile. Y terminamos la celebración con un saldo de 10 mechones en el suelo y uno en el Hospital. Yo aparte de vaciar el estómago un par de veces, me siento bien.

Y aún no sé lo que estoy haciendo aquí.