Yo no soy Valdiviano

Yo no soy Valdiviano............ Ni tampoco Sureño............... No me llueve en Verano......... Ni me creo Alemán............ Huaso Conchesumadre...

miércoles, mayo 03, 2006

La Vecina

A mi vecina la conocí en la casa del Larry. El Larry vivía en ese tiempo con el Shoper en la casa amarilla atrás de la casa bacana con luces, que se ve desde el camino de las micros. La casa estaba llena de gente. El Larry alojaba un mechón de acústica que parecía venir del norte y que era su conocido. También estaban los Lanas de Acústica, un grupo de estudiantes de Filosofía y alguno de Antropología de la Uach. El mechón tocaba una canción de Víctor Jara y el Nesi lo acompañaba con la flauta. Todos cantaban y había mucho humo en el ambiente. Yo había llegado ahí por invitación del Shoper. Dos semanas antes, el Shoper me había alojado casi una semana entera, además del hecho de que me agradaba su compañía. Era una de esas personas que no tienen problemas para ayudar. Por medio de él yo era amigo del Larry, pero eso se limitaba a los carretes, o al obvio nexo musical entre los acústicos. Ese día no tenía nada que hacer así que fui, pero al llegar me di cuenta que tampoco tenía nada que hacer ahí. Entré y me senté en el suelo detrás de la puerta. Enfrente estaba el único sillón de la casa, donde estaba sentada una estudiante de Filosofía, llamada Ninfa, que yo había visto pasar en el casino de la U. Uno de mis alumnos de Agronomía me la había señalado, acotando el hecho de que no llevaba sostén. Más allá en el sillón estaban otras gentes de la U, en cuanto que los Lanas estaban de pie junto a la chimenea. Todos tomaban vino tinto en varios tazones que recorrían el lugar. Sentado ahí observando se me acercó el Shoper con un vaso. Pasándomelo me dijo: “Que bueno que viniste!. Mañana sin falta te paso el Magma. Es que no lo he grabado todavía. Esa huevá que es buena!”. Cuando me prestaba a decidirme si me iba o no, me llegó un pito a las manos. Sentía las miradas en mi cabeza, como haciendo fuerza para que lo pasara luego, o esperando divinamente que no lo fumara. Le hice una seña a la persona que me extendía esa mano, haciéndole entender que pasaba mi turno. Me entretuve mirando quiénes o cómo fumaban. No es algo que considere entretenido, pero el ambiente no me ofrecía más. Luego nuevamente me extendieron la mano, esta vez con un vaso. Sobre una capa de feliz hermandad se encubría un sentimiento de aseguramiento que se veía discordante con la forma de expresarse de la mayoría. El apelativo ‘hermanito’ era más un modismo que una verdad. De alguna manera se entendía el asunto, y yo lo entendía pues era un extraño para la mayoría. Al fin, todos éramos estudiantes lejos de nuestros hogares. Una situación desastrosa, financieramente hablando. Me preguntaba cuánto les había costado comprar esa garrafa, o de qué calidad inimaginable era esa garrafa. Pasé nuevamente. Aunque en mi vida de estudiante me costó acostumbrarme a ese ‘aseguramiento’, estuve en situaciones en donde lo único que se podía hacer era eso. Era sólo que no me gustaba que lo llevaran al extremo. Permanecía yo como una planta de rincón, cuando se les acabó el copete. Extrañamente el Shoper aprovechó de decir que tenía prueba al día siguiente, insinuando un desalojo de la casa. Una de las niñas de Filosofía ofreció que camináramos a su casa mientras otra gente se ofreció para ir a comprar más copete. Yo no recordaba haberla visto nunca. Su cabeza llena de pelo impedía ver su cara, sólo su nariz se asomaba por debajo. Comencé a caminar con los demás conversando con nadie y abrazando mis bolsillos. Para mi sorpresa caminábamos hacia donde yo vivía. Rogaba porque no fuera muy lejos, y pensé “si es muy allá, yo me bajo en mi casa”. Mis pesadillas eran ciertas. Al frío se le añadía ahora que pasábamos por mi cabaña. Empecé a caminar más lento como quedándome atrás, cuando vi al grupo entrar en la casa blanca en el terreno junto al mío. El terreno donde yo vivía estaba junto al camino principal, justo en el paradero llamado ‘Cabañas Delfín’. El terreno era rectangular y tenía otra salida hacia la calle posterior. Había una casa grande y dos cabañas pareadas, todo de color naranjo. Yo había tomado una de las cabañas, la que miraba hacia el paradero, pues una pareja tenía la otra de mejor posición y mayor privacidad. Mi cabaña era pequeña, un ambiente y el baño. El único ambiente estaba dividido inteligentemente por una cortina que colgaba de un mueble-repisa que servía para colocar las plantas que había ahí. Pese al reducido espacio, la cabaña tenía una cama de dos plazas y un mueble para la ropa sin cajones que constituían el improvisado dormitorio. El ‘living’ lo constituía el mueble de las plantas y una cama que a su vez eran dos, una debajo de otra. Lo que más habían eran frazadas, que puse todas en la cama grande pues el frío fue una de las cosas a las que nunca me acostumbré. Y tenía una cocina realmente cómoda, al igual que la mesa pequeña junto a la ventana. Me gustaba mucho esa cabaña, demasiado quizá. Odié pasarme a la otra cabaña luego, pero la privacidad es una de las cosas que no se cambian. Y decidí no entrar a mi cabaña. El hecho de estar en un carrete al lado de mi casa me parecía demasiado cómodo, justo para mí. No perdía nada, pues si me aburría me volvería a mi cabaña sin ningún problema. Entré tras los demás y recibí una sorpresa al hacerlo, pues la casa blanca tenía el techo a 5 centímetros de mi cabeza, y ciertamente no soy una persona “alta”. Todos amontonados en una cabaña tan pequeña como la mía con una cocina en un rincón y dos cortinas que señalaban las entradas a las dos piezas de dudosa comodidad. La gente se sentaba, excepto la gente que nunca paró de cantar y de tocar. Yo permanecía de pie junto a una de las cortinas-puerta cuando una voz extremadamente gentil se dirigió hacia mi: “vecino, siéntese en el velador no más, si aquí las cosas están para eso”. Inmediatamente la voz extendió su mano en donde llevaba el velador. “Aquí, aquí siéntese”. Aún extrañado, atiné a expresarme como pude: “¿tú eres la que vive aquí?”. “Si, po’h vecino, aquí vivo yo, la casa es chica, pero tengo refrigerador!”. Miré por primera vez su cara y me encontré con la sonrisa más grande que había visto en mucho tiempo, pero así como grande era su sonrisa, así de chicos estaban sus ojos. Sus dos manos sostenían un tazón lleno de vino y luego de dirigirme la palabra, casi instantáneamente se puso a cantar con los demás. Me quedé pensando mucho rato, con la música de fondo y el humo como único horizonte. No sé cuanto tiempo habrá pasado, cuando quise ir al baño. Una puerta con pestillo exterior de madera me dio la bienvenida. Cerré la puerta asegurándola con un pestillo de metal, y me encontré ante otras dos sorpresas. La primera me vino directamente a la nariz. Un intenso y profundo olor a utensilios femeninos como si fuera una repisa de supermercado, llena de desodorantes, toallitas de diferentes tipos, champúes, perfumes, detergentes, jabones y demases en color rosado, con rositas y cosas pequeñas características de una mujer-niña. Y la segunda impresión fue el espacio. Una caseta de 1.5 x 2 metros con una taza y un lavatorio con espejo, más todo lo otro. Pero, ¿y dónde estaría la ducha?. Me parecía imposible tanta limpieza sin una ducha. Pensé que yo nunca viviría en un lugar donde no existiera tal necesidad básica (durante mi estadía en Niebla aprendí a aceptar esas falencias y a la gente que no las necesitaba para existir). Salí del baño como escapando ante tanta sorpresa y tan extraña forma de vida, por lo menos tan diferente a la mía. Esta vez permanecí junto a la puerta del baño, pues habían ocupado mi lugar, además de haber quitado las luces. La única iluminación en el lugar eran esas luciérnagas que se queman en la punta de los cigarrillos y la luz del poste entre mi casa y aquella casa, luz que entraba por la ventana. No sé lo que fue lo que me hizo saber que la otra mina, a la que llamaban Ninfa y que se había pasado toda la noche cantando de una forma extrañamente concentrada, vivía con mi vecina. Por un momento sus senos me llamaron la atención, no precisamente por una sexualidad inherente a ella ya que yo no la sentía, sino que más por curiosidad por la forma en que se traslucían bajo la delgada polera que llevaba puesta. Fruncía el ceño cuando mi vecina se acercó hacia mi y dijo: “Vecino, usted se llama Lontano, ¿no es cierto?”. Asentí encogiéndome de hombros y reclinando mi cuello. “Yo soy amiga de la Paola”, me dijo esperando respuesta. “¿Quién?”, pregunté. “La Paola, que también estudia Filosofía”. Buscando en los cajones que tengo en mi mente no logré encontrar nada, así que le dije: “No sé quién es”. “La Paola, la que te fue a ver el año pasado cuando vivías en la Punta Piojo, en la Playa Chica”. Inmediatamente recordé esa pesadilla de una noche de Primavera, cuando el Shoper había llegado, donde yo vivía con el Viña y el Irisarri, acompañado de una mina que dos años antes me había declarado su amor en el casino de la U. Paola se me declaró contándome que estaba enamorada de mí desde que ella había entrado a la U (eso era dos años antes), y me había seguido e investigado mi vida. Dónde iba y con quién estaba. No era algo tan insistente; yo había podido lidiar con ella sin tratarla mal, pero teniendo cuidado de no embalarla más. Luego de dos años, ya se estaba convirtiendo en un asunto cansador para mi. Esta vez, luego de llegar con el Shoper, quiso hablar conmigo en privado. Eran más de las once de la noche y el Shoper decidió irse. Paola estaba borracha en coñac. Para los que lo conocen el coñac, saben también que es uno de los peores alientos. Horas y horas de discusión, te quiero, yo no, déjame ser tu amiga, no puedo, dame un beso, no puedo, acostémonos juntos, no quiero, hazme el amor, no puedo. La noche terminó con ella marchándose abruptamente y yo preocupado por lo que le pudiera pasar. Al final era una niña inocente que se enamoró de la persona equivocada. “Ah, esa Paola”, respondí. “Sí, la Paola estuvo muy cagada por usted vecino. Lo adora”. “¿Y dónde esta que no la he visto?”. “Tuvo problemas... Lo que pasa es que la Paolita tiene problemas económicos. Ella viene de una familia super humilde de Nacimiento”. “Que pena”, le respondí. “Yo a usted siempre lo había visto, no ve que la Paola siempre nos decía: ¡Allá va, ahí viene!. Pucha, la Paolita. Pero yo nunca lo podía conocer a usted. Por fin lo conozco”. “Ahora hasta somos vecinos”, respondí tontamente. “Oiga vecino!, yo sé que la cabaña donde vive usted no tiene “refri” así que si necesita guardar algo, carne, lo que sea, lo deja aquí en el mío y cuando lo necesite lo viene a buscar. Acá yo dejo la puerta cerrada, pero la ventana esta siempre abierta, así que usted entra y saca lo que quiere”. “Gracias, muchas gracias. Y tú ¿no tienes ducha?”. “No, lo que pasa es que la señora me la arrienda super barata. La Ninfa se esta quedando conmigo unos días, pero yo estoy sola y cuando necesito ducha le pido a mis niños, el Nesi, el Wana y el David”. “Bueno, si necesitas ducha, yo estoy al lado. Anda cuando quieras. Estamos al lado, anda y después nos tomamos un café”, le respondí. “O tomamos mate, vecino, ¿le gusta el mate?”. “Si, por supuesto, me encanta”. “En eso quedamos. Parece que nos vamos a llevar super bien con el vecino. Si necesita algo, venga no más”. “Y tú ya sabes, la ducha está al lado”. Aquella conversación subió mis ánimos. Pensé en alguna vez pedirle el refrigerador. A ella se le podía tener confianza, más no a sus amigos, ni por un momento. Mientras conversábamos alguna gente entraba y salí de las piezas. En un momento mi vecina fue a ver lo que pasaba y no volvió. La gente aún cantaba y me puse a mirar por la ventana que esta en la cocina hacia la calle tan serenamente vacía. De repente la ventana se abrió. El borde inferior me acariciaba la entrepierna. Sin pensarlo dos veces pasé por la ventana hacia afuera. Empecé a caminar viendo las estrellas, hasta que estuve cegado por el frío. A lo lejos los cantos habían desaparecido. Me dirigí hacia mi cabaña. Entré, y encendí la luz. Todo se veía tan vacío y sin el significado que tendría meses después. Camine en círculos y volví a salir en dirección a la casa blanca. Nuevamente se escuchaban los cantos, y esta vez entré por la ventana, tal como había salido. Entré y me coloqué en la misma posición que tenía cuando antes de salir. Nadie pareció notar mi ausencia. Y luego de percatarme de eso, salí nuevamente, esta vez para no volver. Sólo me despertaría temprano a la mañana siguiente, con alguien golpeándome insistentemente la puerta. Lástima que no sería mi vecina.